Entrevista publicada originalmente en Ámbito (Argentina)

Advertencia: Estimado lector, si te interesara alguna vez conversar con Albert Cañigueral (ingeniero multimedia, 42, catalán) dejame prevenirte respecto de dos de sus cualidades salientes.

Por un lado, no te des por vencido si ves que resulta prácticamente imposible saber en qué lugar del mundo se encuentra. Su condición de conector de Ouishare -la ONG global más importante del mundo en materia de tecnología e impacto social- hace que viva liviano de equipaje, viajando todo el tiempo para ofrecer disertaciones, ponencias y conferencias magistrales sobre el impacto de la tecnología en nuestras vidas.

Por otro lado, de concretarse la charla, es bueno que tengas en cuenta que, cuando él dialoga, lo hace comunicándose en simultáneo por tres vías: mientras habla, envía links vía chat (puede usar varias aplicaciones) y manda correos electrónicos con informes sobre lo que dice. ¡Pero todo dirigido a su interlocutor! No es que te falte el respeto, sino que, al contrario, te propone algo así como una conversación aumentada.

Lo bueno es que, si uno se sube a esa vorágine y le redobla la apuesta, puede proponerle una videollamada. Entonces, aun cuando permanentemente suenen las notificaciones de sus mensajes, o aparezcan titilantes las alertas de correos, veremos en pantalla a un muchacho de sonrisa amplia, dispuesto a reírse de sí mismo, a dudar de sus convicciones, y a parlotear apasionado, pasando de tema en tema. Allá vamos.

Como especialista en tecnología y trabajo, recientemente coordinaste el Reshaping Work Barcelona. ¿Cuáles son las tendencias salientes en el mundo del trabajo actual?

Tanto en el Reshaping Work de Barcelona, que fue el evento regional, para Europa, como en el de Ámsterdam, de escala mundial, se habló de futuros trabajos, así, en plural, y un nuevo contrato social. Es decir, por empezar, en el capitalismo de la gig economy -N. de R: la traducción argentina sería economía de las ‘changas’, pero refiere al trabajo de plataformas, o bajo demanda, como Uber- no hay un solo futuro posible. Hay muchos escenarios posibles.

Luego, destacamos el plural de trabajos, porque no sólo se trata de los nuevos empleos que cobran visibilidad: Rappi, Glovo, o Uber, que están sobremediatizados. Hay otros sectores que están siendo impactados de lleno por las plataformas; me refiero a los que buscan profesionales freelance, ofreciendo trabajos intelectuales, por ejemplo, Workana: un sitio que recluta especialmente diseñadores, redactores, secretarios, analistas, programadores, cuyos resultados o productos pueden ser enviados vía remota.

Finalmente, es claro que en la medida en que estas plataformas crecen, se multiplican, y transforman a toda la sociedad, es necesario pensar en un nuevo contrato social. Quiero decir, que hay que volver a analizar y discutir cuál es el papel del Estado, qué les toca a los sindicatos, y a las empresas. Cada responsabilidad, cada rol, incluyendo la normativa y las políticas públicas, todo ello debe ser debatido.

Pensando en América Latina ¿ese nuevo contrato social incluye a los que quedan afuera del tejido social, ese porcentaje que no accede a casi nada y que se vuelca a la violencia o a la delincuencia?

Justamente, uno de los debates que hubo en ambos encuentros fue que las herramientas tecnológicas permiten eliminar barreras de acceso al mercado laboral. Un caso saliente en Europa son los inmigrantes, por ejemplo, de Venezuela. Ellos encuentran sus primeros empleos en los países a los que llegan, a través de plataformas. Y esto no sólo ocurre con las de delivery, sino también con otras, por ejemplo, LinkedIn, y es una puerta de acceso a la legalización, a restablecerse, etcétera.

Más aún. Algo sumamente interesante es que quienes están marginalizados, suelen ser, además, estigmatizados. Las plataformas eliminan ese sesgo, porque los entornos digitales tienen su sistema de reputación, puntaje, etcétera, y no incluyen esa valoración que puede hacerse en el mercado tradicional, acerca del color de piel o la nacionalidad del postulante.

Ahí se presenta una paradoja: las plataformas deshumanizan, en muchos casos, pero eso es bueno para ciertas personas, dado que la sociedad los castiga por sus rasgos. O sea, es tremendo que, en ciertos casos, los trabajadores que se postulan a un puesto no tienen siquiera nombre; son nada más que un número. Eso, por caso, ocurre en Amazon Mechanical Turk. Pero, asimismo, lo digital ofrece menos discriminación.

Buen punto. De todas formas, no parece que los marginales de América Latina puedan valerse de las ventajas de la economía de plataformas, si no están alfabetizados o no acceden a la tecnología…

Es cierto. Para participar en estos entornos, se necesita acceder a la tecnología y tener alfabetización; por tanto, claro que cuando hay brecha digital, no es posible pensar en estas bondades tecnológicas. Sin alfabetizarse, es imposible acceder.

Más aún, hoy día ciertos estudios señalan que la intermediación para el acceso al mercado de trabajo es casi siempre digital, y, por consiguiente, sin ello estás más afuera que antes. Lo más claro para entender cabalmente esta intermediación, incluso para trabajos simples, es algo que ha publicado Yuval Noah Harari acerca de la clase inútil: debemos aceptar, en el siglo XXI, que hay una porción de la población que es, directamente, no empleable.

Quizá cada vez sean más los que formen parte de esta clase inútil, considerando la automatización, digitalización, IA, etcétera. Por tanto, hay que ver qué se hace con esos que quedan completamente fuera. En este sentido, una de las ideas más fuertes es darles ingresos básicos e intentar que no se vuelvan violentos.

Miembros de una clase inútil

Vamos de nuevo. Estamos hablando de la Cuarta Revolución Industrial, signada por la penetración decisiva de la Inteligencia Artificial (IA). Hablamos de Industria 4.0, Economía 4.0, Agricultura 4.0, incluso Estado 4.0. Es la explosión de la ciencia aplicada. Internet de las Cosas, las ciudades inteligentes, el mundo hiper conectado… pero nos toca admitir que tenemos una clase social compuesta por inútiles. Eso dice Cañigueral, que dice Harari. Ajá.

El término “clase inútil” fue utilizado por el filósofo Yuval Noah Harari en su libro Homo Deus, de 2015. Allí, con tono apocalíptico, el autor ve venir un futuro negro, catastrófico, lleno de hambre, destrucción y demás calamidades.

No asombra que, ante cada avance científico técnico importante, surjan estas visiones. Lo que sí llama la atención es que hoy haya tanto consenso acerca de que el avance tecnológico busca siempre la eficiencia, y, por consiguiente, tiende a reemplazar al Hombre en todo proceso que sea automatizable.

Claro que, como señaló Juan G. Corvalán en este medio, toda innovación trae aparejada la necesidad de contar con personas que puedan trabajar con ella. Pero, resulta que la tendencia a considerar una renta básica universal que compense los efectos residuales de la expansión de la IA va siendo más y más aceptada por politólogos, economistas, y demás expertos, a lo largo y ancho del mundo.

En ese tren, recientemente el investigador de CONICET Dante Avaro publicó una obra en la que afirma que en Argentina debería implementarse una política de ingresos básicos y comprender que el capitalismo actual tiende a no ofrecer puestos de trabajo, sino ingresos por tareas en forma irregular. Al mismo tiempo, advierte que la materia prima de la economía del conocimiento son los datos. Esos que las plataformas toman de todos nosotros, generalmente sin que lo sepamos.

¿Cómo es eso de que hay que dar una renta básica a los inútiles y tratar de que no se pongan violentos?

Harari hace un paralelismo con la gamificación de ciertos ámbitos de la vida: el trabajo, la educación, el consumo. Entonces dice que lo que harán las sociedades con los inútiles será garantizarles un ingreso de por vida, y mantenerlos entretenidos jugando videojuegos, como si se tratara de una nueva religión, un opio de los pueblos del siglo XXI.

Después de todo, más allá de esto que creo que es una provocación de Harari, la pregunta es ¿Que alguien no sea capaz de vender su fuerza de trabajo en el mercado laboral significa que tiene que morir? ¿o, como especie humana, hemos evolucionado un poquito más y podemos dar cobijo a toda esa gente?

Claro. Pero, además, parece que quienes no son empleables aportan datos valiosos a una economía basada en la información. Así que el sistema los necesita, para que consuman y para que aporten datos, ¿es así?

Sí. De hecho, hay muchos estudios respecto de los datos como trabajo. Si con mis datos yo aporto materia prima al sistema, estoy haciendo algo para que el sistema funcione mejor, y debo ser recompensado por ello.

Ahora bien. Esto abre el debate respecto de la mercantilización de los datos y la brecha entre ricos y pobres. El planteo sería algo así: en esta economía de la información, los pobres no tiene más remedio que perder su intimidad y vender los datos para subsistir, mientras que los ricos pueden mantener su privacidad porque no necesitan vender la información de lo que hacen. Unos tienen privacidad, otros no.

Por eso es importante preguntarse si esta Cuarta Revolución Industrial hará al capitalismo más justo…

Es que hay nuevas opciones de consumo, eso es real. Las plataformas y las aplicaciones permiten que uno elija vivir de otro modo -N de R: Cañigueral es autor de Vivir mejor con menos, libro de 2014 en el que comenzó a describir la economía colaborativa que hoy emerge en Europa. Pero si pensamos en que las desigualdades del sistema persisten y, en algunos ámbitos, incluso se intensifican, podemos decir que, en muchos casos, incorporar soluciones tecnológicas tiene que ver con las posibilidades que el sistema deja a nuestra mano.

En este sentido, yo creo que la tecnología bien utilizada puede ser una herramienta interesante para acortar la brecha, pero mal usada incrementa la distancia entre los que menos tienen y los que más.

¿Algo de eso se discute cuando se alzan voces que señalan a los nuevos dueños de la información global, no es así?

Claro. Hoy podemos ver que hay un fenómeno de rechazo al poder que han acumulado ciertas empresas de tecnología de la información, como Google o Facebook.

En el ranking anual de términos más usados, el año pasado la palabra Techlash ocupó el puesto 7 según medios internacionales. Ese término se refiere a la reacción negativa ante el exceso de poder en los medios digitales, que concentran demasiada información y han podido crecer desmesuradamente gracias a que la regulación normativa no estaba preparada para semejante revolución.

En definitiva, no necesariamente más tecnología es mejor calidad de vida.

Termino la entrevista justo a tiempo para atender la llamada de un amigo nómada digital. Habla desde Sri Lanka, donde se aloja en casa de una familia. Suena encantado de vivir esa experiencia, y me cuenta con entusiasmo “acá, que son muy parecidos a la India, tienen los Tuk- Tuk, esas motonetas con una carcasa, viste. Bueno, Uber te ofrece un servicio premium con autos, o el económico, y te pasa a buscar un Tuk-Tuk”.

Ahora entiendo.

Deja un comentario

Cerrar menú