Artículo publicado originalmente en el blog de Beethik

Albert CañigueralAlbert Cañigueral es Connector OuiShare para España y América Latina. Fundó el blog ConsumoColaborativo en 2011 y desde entonces ha sido considerado como uno de los referentes de la economía colaborativa en español. Trabaja como divulgador y consultor en la adaptación de las organizaciones a la economía colaborativa.  Viene estudiando las ciudades colaborativas y las innovaciones regulatorias. Es el autor de “Vivir mejor con menos” (Connecta 2015) y coautor de “Retos y posibilidades de la economía colaborativa en América Latina y el Caribe” (Banco Interamericano de Desarrollo / FOMIN, 2017).

1. ¿Qué te sugiere el concepto de ética de la responsabilidad radical?

Para mí es muy interesante hablar de la radicalidad. Los momentos que vivimos son muy complejos y requieren de una intencionalidad radical; las cosas ligeras y de maquillaje han demostrado no ser suficientes y creo que el conflicto social que estamos viviendo requiere de una cierta radicalidad. Creo también que va asociado a la otra cara de la moneda como es la transparencia radical que la tecnología está aportando. Esto nos permite saber qué está pasando dentro de las empresas y éstas deben desarrollar su responsabilidad de forma radical, aunque sólo sea para mitigar el riesgo.

2. A pesar de su complejidad, de actores, de propósitos y de modelos ¿se puede hacer una definición simple y comprensible de lo que es la economía colaborativa?

Nosotros hablamos cada vez más de economía de plataformas, un modelo organizativo diferente que utiliza una plataforma digital para crear mercados y sistemas de intercambio más eficientes, como el Twitter, el Facebook, el Airbnb, el BlaBlaCar, el Goteo, el Verkami y muchas otras. Todas tienen en común una base tecnológica y el actuar de intermediario, pero para mí no hay una definición simple que las agrupe a todas.

Por ejemplo, dentro de esta gran cantidad de plataformas, algo que hay que ver es cuáles son las cualidades democráticas o no democráticas de estas plataformas digitales y si tienen en cuenta o no sus externalidades negativas. Empezamos a ver modelos de gobernanza de plataformas cada vez más participativos (cooperativismo de plataforma) y con datos abiertos, que se contraponen a los modelos tradicionales menos transparentes, donde si no eres accionista no puedes participar en la toma de decisiones. Al final una plataforma es como un pequeño país que tiene su sistema interno de relaciones sociales y económicas.

Por otra parte, hay que ver también qué modelo económico se promueve. Puede ser un modelo capitalista donde lo que importa es hacer dinero, un modelo de intercambio como por ejemplo el intercambio de casas a nivel global, o la promoción a nivel local, del préstamo y el compartir objetos entre los vecinos para hacer barrios más cooperativos, como es el caso de la aplicación Lendiapp en Barcelona. O, sencillamente, puede ser un modelo para promover el regalo de proximidad como por ejemplo la app yonodesperdicio.org que persigue reducir el desperdicio alimentario.

Hace unos años la tecnología no se cuestionaba, la innovación por la innovación estaba bien, ahora hay que evaluarla desde una perspectiva global y crítica. Por ejemplo, el caso de Amazon que te permite tener muy rápidamente lo que necesitas en casa, pero es a base de estrangular toda la cadena de valor, de perjudicar el comercio de barrio, etc. Cualquier innovación desplaza lo que ya hay y esto tiene unos costes sociales y económicos que hay que evaluar y gestionar.

3. En un artículo que escribiste en la revista Oikonomics, una publicación de la Universitat Oberta de Cataluny, afirma que hay que revisar con una mirada crítica y constructiva si las empresas de economía colaborativa ayudan también a cambiar los valores de la sociedad o si solo se limitan a hacer el capitalismo más eficiente ¿Qué piensas? ¿Está dando la economía colaborativa su mejor versión?

Las plataformas son una herramienta. Y no hay duda de que son herramientas muy eficientes. El impacto que tengan depende de la intención que hay detrás, ya que se diseñan y se utilizan con base en esta intención. En este sentido, es verdad que ha habido una apropiación indebida de la expresión economía colaborativa y en ciertos casos se ha hecho un «colaborativo washing». Ya en 2010 Rachel Botsman en su libro What’s Mine Is Yours escribía sobre los riesgos que podía haber y sobre la necesidad de mantener en todo momento una actitud crítica. Cuatro años más tarde, en un capítulo de mi libro Vivir mejor con menos también hablaba de los retos que teníamos y desde OuiShare mantenemos y promovemos la autocrítica constantemente.

Y sí, creo que todavía no está dando su mejor versión, entre otras cosas porque mucha gente emprendedora del ámbito social no ha entendido el valor de las plataformas e, incluso, mantienen una actitud de rechazo porque asocian la herramienta con algún tipo de comportamiento del capitalismo y es importante diferenciar la herramienta de su intención de uso. Es cierto que muchas de estas plataformas han derivado de una alta financiación de ciertos monopolios y de grandes campañas de marketing que están contribuyendo en cierta forma a un híper-capitalismo, pero todavía tenemos que descubrir su potencial de transformación para hacer una sociedad más ética y sostenible y los gobernantes también tienen aquí su papel.

4. Uno de los principios de la economía colaborativa es que «el acceso es mejor que la propiedad». Con este principio ¿se cuestiona una de las raíces más profundas en las que se basa la historia de la humanidad como es la propiedad?

La economía de plataforma permite un acceso más fácil a los recursos. Yo no tengo bici pero la uso, no tengo moto pero uso una, no tengo coche pero conduzco. A nivel del planeta tierra creo que es interesante que no tengamos que ser propietarios de todo lo que consumimos porque permite hacer un uso más eficiente de los recursos. Y esto también es aplicable a nivel industrial. Por ejemplo, hay una plataforma holandesa que se llama Floow2 que funciona como un marketplace de intercambio de maquinaria.

Estamos en un momento que hay que explorar cuáles son las situaciones y los modelos híbridos, como la propiedad colectiva que también es una alternativa interesante; por ejemplo, la cooperativa Som mobilitat promueve la movilidad eléctrica compartida, grupos locales de personas que compran coches conjuntamente y un software que les permite compartir los coches entre ellos y que más gente se apunte; estas cosas me interesan mucho.

5. Otra propuesta radical de la economía colaborativa es promulgar la autonomía de los grupos pequeños y la noción de interdependencia entre el conjunto de la sociedad. Pero ¿desde esta aplicación a pequeña escala se pueden generar verdaderos cambios?

Como principio de consumo y de provisión de bienes y servicios a la sociedad tenemos que ir sí o sí en esta dirección, o si no nos vamos a morir más pronto que tarde.

A mí me atraen mucho los modelos híbridos, los grises, y tenemos que ir viendo en cada caso cuando optas por tener la propiedad de algo y cuando puedes hacer uso de un recurso compartido. Es cierto que la economía de plataforma orientada a la transformación social está en estos momentos más centrada en la autonomía de los grupos pequeños y en la aplicación local y que puede tener de momento una incidencia tangencial a nivel de transformación global. Pero la tecnología digital no requiere de tanta escala como en la época industrial. Estamos en una época post-industrial, se pueden proveer servicios también a escala pequeña, pero puedes hacer una tecnología digital federada donde se comparte el 80-90% del código abierto y al mismo tiempo esté adaptada a diferentes ciudades del mundo. La gente está empezando a entender que esta tecnología digital compartida, estos bienes comunes digitales compartidos, pueden tener mucho impacto, pero necesitamos saber cómo medir de forma agregada estos impactos locales y pequeños. Y todo esto tiene que ver también con el poder, antes no tenías la capacidad de contrarrestar el poder. Ahora desde la conectividad entre iguales y la participación masiva puedes generar un verdadero cambio. Esta es la tesis del libro de Jeremy Heiman titulado New Power. Si compartimos la información y las herramientas digitales, podemos organizarnos desde la pequeña escala de manera muy eficiente.

6. La economía colaborativa está muy vinculada al uso de tecnología y al impacto que están teniendo los algoritmos en la sociedad y en la vida de las personas, aspectos que van cogiendo cada vez más relevancia en el debate público. ¿Ha llegado el momento de hacer una revisión de su impacto ético?

Se han ido acumulando una serie de casos que ejemplifican los Fukushima de las plataformas digitales y hay que generar esta reflexión ética. Superado el «buenismo» inicial de la economía colaborativa y del uso de las plataformas, ahora hay una visión crítica de la tecnología que no había antes. La sociedad de las próximas décadas dependerá de estas tecnologías digitales y hay que evaluar su uso de manera crítica y constructiva poniendo límites allí donde sea necesario. Cada vez hay más gente evaluando los impactos sociales y éticos de las tecnologías; su evolución es muy rápida, pero, si es posible, hay que hacerlo mejor antes de aplicarla, que no después. Y atención porque el talento joven ya no quiere trabajar con empresas que no son éticas y en el mundo de las plataformas y las tecnologías hay mucha oferta para poder elegir dónde quieres trabajar.

7. Por último, en tres palabras, ¿qué significa para ti incorporar la ética en la toma de decisiones?

Aplicar el pensamiento crítico amplio y sistémico.

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